martes, 27 de julio de 2010

Emilio en alto vuelo

A Emilio José Boullón Esaá, pícher
récord y artesano de vuelos siderales. In memorian.



Desde que Emilio tuvo uso de razón comenzó a soñar con volar hacia los espacios infinitos. Convencido, estoy, de esa afirmación, porque Emilio, después de grande, nadie lo sacaba de lo que pensaba. Guiado por el dios Ptah se hizo artesano para fabricar los juguetes que soñó cuando niño para surcar el firmamento y saludar ese mundo al cual todo niño sueña con tocar. No pudo volar mientras estuvo en tierra pero comenzó a fabricar cometas que era volar a través de las manos de los niños. Las hizo de todos los colores como ese arcoíris que se halla y no se toca por las lejuras de lo que abarcan los sueños infinitos. Compartió con jóvenes, por mucho tiempo, cuando le tocó trabajar en el liceo San Casimiro, para ese tiempo, la máxima casa de estudios de la población.
Emilio aprendió de la vida y fue un buen ciudadano, no ese del lugar común, cuando se emplea, después que la gente muere: “Era un hombre bueno”. Emilio en verdad fue un ser humano de buen vivir. No tuvo estudios superiores, pero aprendió de la universidad de la vida. Esa que nos enseña cómo debemos vivir porque morir sabemos todos. Inconmensurable el título que otorga: Ciudadano ejemplar. Quizás, no conoció al Emilio de Juan Jacobo Rousseau, ese que enseña cómo deben formarse los hombres. ¿Para qué tenía que conocerlo? Emilio era el Emilio de Juan Jacobo y Emilio marchó por la vida sin saberlo.
Con el tiempo, Emilio se convirtió en un icono, porque según la semiótica, icono: “es el signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado”. ¿O es qué acaso, Emilio no soñó volar cuando niño, para que sus cometas, después de grande, lo representaran en su soñado vuelo?
Emilio, en el domingo 16 de mayo, faltando 10 minutos para las 7 de la noche, se elevó en crepúsculo secreto, para que no lo vieran. Salió a quedarse en ese firmamento, que soñó con saludar cuando niño. Se elevó hacia la felicidad celeste, como ese juguete que sus manos construyeron para el definitivo vuelo. Faltando escasos 10 minutos para las 7, el brazo de ese gran titiritero, que es el Señor, trozó el pabilo que nos ata a la vida, para indicarle que su función en la vida había concluido. Emilio fue el ingenioso fabricante de cometas para el soñar de niños, porque realmente, cuando se es niño se quiere, o, quizás, ¿el hombre en su devenir por la vida, siempre no ha querido volar?
Emilio, sinceramente creo, que fuiste solamente a ver a Josefa y a Bernabé para mostrarle la linda cometa de tu vida o tal vez andes buscando la hilada de la vida que se te fue hacia la tierra prometida. Y que acá en este pedazo de Sur de Aragua, los que te conocieron, musiten, como dijo el poeta Alberto Hernández, en su despedida al poeta de Pampanito, José Barroeta, de que: “Para allá vamos, allá nos vemos”.




Crónicas de un sancasimireño

Salvador Rodríguez

1 comentario:

Ramón Duque Cedeño dijo...

Maestro Salvador, esta es, creo yo, una de las más sentidas palabras que se puedan poner en una crónica. Al menos a mi me conmueve mucho la manera sencilla en que logra retratar el alma o la sensibilidad humana, no se si del autor o de los personajes... Tal vez la edad madura que nos hace apreciar la vida de otra manera. Gracias maestro, gurú de la crónica.